sin tardanza:
--Amigo mío, estamos aquí por poco rato.
--¡Ah! --exclamó el conde.
--El tiempo de poneros al tanto de mi buena suerte, --repuso Porthos.
--¡Ah! --exclamó Raúl.
Athos miró a Aramis, cuyo ademán sombrío le pareció
poco en armonía con la buena nueva de que
hablaba Vallón.
--¿Qué buena suerte os ha traído? --preguntó Raúl
sonriéndose.
--El rey me hace duque, --respondió con misterio el buen Porthos inclinándose
hasta el oído del joven
duque vitalicio. Pero los apartes del coloso eran siempre lo bastante sonoros
para que todos los oyeran.
Athos lanzó una exclamación que hizo estremecer a Aramis, que
se apoyó en el brazo de su amigo, y,
después de haber pedido licencia a Porthos para hablar algunos momentos
aparte, dijo al conde:
--Mi querido Athos, estoy transido de dolor.
--¡De dolor! --exclamó el conde; --¿qué decís,
mi querido amigo?
--He aquí en dos palabras lo que pasa: he conspirado contra el rey, la
conspiración ha abortado, y a esta
hora es indudable que me buscan.
--¡Os buscan!... ¡una conspiración!... Pero ¿qué
estáis diciendo, amigo mío?
--La triste verdad. Estoy perdido.
--Pero Porthos ... ese título de duque... ¿qué significa
todo eso?
--Esta es la causa de mi pesadumbre mayor; esta mi herida más profunda.
En la creencia de un triunfo
infalible, arrastré a Porthos en mi conjuración, a la que aplicó
todas sus fuerzas, sin saber absolutamente
nada, y hoy está comprometido y perdido como yo.
--¡Dios santo! --exclamó el conde volviéndose hacia Porthos,
que le dirigió una sonrisa de cariño.
--Es menester que lo comprendáis todo, --prosiguió Aramis. --Escuchadme.
Y Herblay contó la historia que ya conocemos.
--Era una grande idea, --repuso el conde, --pero también una falta muy
grande...
--De la que estoy castigado, --exclamó Aramis.
--Por eso no os revelaré por entero mi pensamiento.
--No temáis en manifestármelo.
--Pues bien, lo que habéis hecho vos es un crimen.
--Capital, lo sé; es crimen de lesa majestad.
--¡Pobre Porthos! --dijo el conde.
--¿Qué queréis que haga? Ya os he dicho que el triunfo
era seguro.
--Fouquet es hombre honrado.
--Y yo un necio por haberle juzgado tan mal. --dijo Aramis -- ¡Oh sabiduría
de los hombres! ¡oh muela
inmensa que tritura un mundo, y que a lo mejor es detenida por el grano de arena
que cae no se sabe cómo
en sus rodajes!
--¡Decid por un diamante, Herblay. En fin, ya el mal no tiene remedio.
¿Qué pensáis hacer?
--Me llevo conmigo a Porthos, pues el rey nunca querrá creer que nuestro
buen amigo ha obrado cando-
rosamente creyendo que al hacer la que ha hecho servía a su soberano.
Pagaría con su cabeza mi falta, y no
lo consiento.
--¿Adónde os le lleváis?
--Primeramente a Belle-Isle, que es un refugio inexpugnable; luego, y en una
embarcación que tengo
preparada, nos trasladaremos a Inglaterra, donde estoy bien relacionado.
--¿Vos a Inglaterra?
--O a España, donde todavía tengo más amigos.
--Al desterrar a Porthos, le arruináis, pues el rey confiscará
sus bienes.
--Todo está previsto. Una vez en España, arbitraré la manera
de reconciliarme con Luis XIV y de hacer
que Porthos entre nuevamente en su gracias.
--Por lo que veo, gozáis de gran valimiento, --dijo Athos con discreción.
--Muy grande, y al servicio de mis amigos, amigo Athos, --dijo Aramis acompañando
sus palabras de
un sincero apretón de manos.
--Gracias, --repuso el conde.
--Y pues parece que viene rodado, perdonad que os diga que también vos
y Raúl estáis descontentos a
causa de los agravios que os ha inferido el rey. Imitad nuestro ejemplo. Pasad
a BelleIsle, y luego vere-
mos... Os doy palabra de que dentro de un mes habrá estallado la guerra
entre Francia y España a causa de
ese hijo de Luis XIII, que es también infante, y al cual Francia detiene
inhumanamente. Ahora bien, como
Luis XIV no querrá que por esta causa se encienda una guerra, os garantizo
una transacción cuyo resultado
será la grandeza de Porthos y mía, y un ducado en Francia para
vos, que ya sois grande de España. ¿Acep-
táis?
--No; prefiero tener algo que echar en cara al rey; es un orgullo natural entre
los de mi linaje el aspirar a
la superioridad sobre las estirpes reales. Si yo hiciese lo que me proponéis,
quedaría obligado al rey, y
cuanto ganaría en lo material, lo perdería en mi conciencia. Gracias.
--Pues dadme dos cosas: vuestra absolución...
--Si realmente os habíais propuesto vengar al débil y al oprimido
